El presente ejercicio se deriva de
Apuntes para Mis Hijos, el texto autógrafo que escribió Benito Juárez como una
biografía mínima que abarca prácticamente 50 años, desde su nacimiento el 21 de
marzo de 1806 y hasta 1857, cuando resultó electo gobernador constitucional de
Oaxaca.
Hay tres características generales que,
desde una perspectiva empírica, contribuyeron a forjar su liderazgo: su
inteligencia natural, su preparación académica rigurosa y permanente y las
circunstancias o el contexto de su época.
I. Forjando
el carácter
A los tres años Benito Juárez quedó
huérfano y vivió hasta los doce años con uno de sus tíos en la sierra de Ixtlán,
en una condición de analfabeto y monolingüe y aprendiendo a ser autosuficiente.
Una comunidad en la que apenas vivían
unas 20 familias ofrecía un horizonte limitado a su mente inteligente y
resuelta, pero representó, sin duda, un entorno que marcaría su personalidad de
por vida.
En la sierra, en aquella época y como
sucede ahora, a los doce años ya se es hombre.
La leyenda le atribuye el oficio de
pastor, que él no menciona en su biografía; pero es probable que no haya sido
así, porque en una comunidad con escasos pobladores en pobreza extrema, no era
común tener algún tipo de ganado.
Más bien, predominaban las labores del
campo, como él mismo lo confirma en sus apuntes. En las escasas terrazas de la montaña y en los escarpados espacios de la
sierra Juárez conoció el ciclo del maíz, que se reitera una y otra vez ante sus
ojos: la semilla que germina y que da fruto. Del maíz sale el atole, las
tortillas, los tamales aderezados con hierbas nativas: sembrar maíz y frijol
garantiza la supervivencia, es un principio de trabajo y constancia.
En muchos lugares de la sierra el agua se
extrae de manantiales o se capta de pequeñas cascadas, pero en época de lluvias, se forman poderosos torrentes que crean surcos naturales; en cualquier caso, el
agua define su curso por muy difícil que sean los obstáculos. El agua enseña la
resolución y el movimiento continuo, la acción permanente.
Juárez no lo dice, pero a su edad y mientras
cortaba leña, pudo ver al jaguar perseguir al venado en una lucha a muerte,
pudo seguir el rastro de la serpiente y verla engullir al ratón o al ave
distraída. En ese entorno distinguió a los animales nobles de los depredadores
porque la vida es una lucha natural e incesante entre el bien y el mal.
En ningún otro lugar como en la sierra,
las lluvias son más intensas y es más furiosa la fuerza de las tempestades. Los
rayos parece que caen junto a uno, con un ruido multiplicado por el eco, pero pasada la tempestad el bosque
recupera su jovial belleza entre las variedades de enormes árboles que caen por
la edad y los retoños que asoman la cabeza alegremente para regenerar la vida.
El bosque te enseña que por muy intensa que sea la tempestad, ésta será temporal
y sus recurrencias templan la paciencia.
Quienes no están acostumbrados a caminar
por el bosque de la sierra sufren de claustrofobia. Por donde quiera que se vea
solo se aprecia una pared verde tejida con la mayor variedad de plantas y
árboles que obliga a buscar el cielo para alejar la sensación de encierro y
ahogo, pero quienes nacen en este entorno, el espacio de la sierra te enseña a
meditar y a hacer de la reflexión y el análisis un ejercicio cotidiano.
En la mayor parte del año en la sierra reina
el frio y desde temprana hora la neblina invade los bosques predominando la
oscuridad con una visibilidad extrema de escasos centímetros. La experiencia de
estar inmerso en la neblina es el mejor ejercicio para la introspección y el
cuestionamiento sobre el sentido de la vida que se traducirá en una evaluación
personal y el diseño de objetivos trascendentales.
Asimismo, desde lo alto de las montañas de la sierra de Ixtlán se alcanza a divisar el ancho valle de la ciudad de Oaxaca, desde donde pasaban comerciantes en su ruta hacia Tuxtepec y también, desde donde venían las mujeres que se empleaban en las casas de los españoles. Su propia hermana, María Josefa, empleada del italiano Antonio Maza, le comentaba sobre las maravillas de la ciudad que, junto con las versiones de los viajeros, crearon una enorme puerta esperanzadora para tener otras experiencias a un niño campesino ávido de conocimiento.
Doce años vivió Juárez en la sierra que lo vio nacer y cuya
naturaleza contribuyó, indudablemente, a forjar su carácter.
(Continuará…)
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